
La tarde se antoja tibia. Al fondo, el sol taciturno pinta de rojo las nubes mientras una parvada de aves cruza el horizonte. Las voces de los transeúntes de la solitaria calle rompían el silencio ensordecedor para recordarme viva. Paredes llenas de color, cierran las ventanas de cedro para permitir el paso de la noche que ya se acerca. El piso se encuentra plácidamente tibio, el ambiente huele a maderas provenientes de los árboles que escoltan el camellón. Un sencillo taxi estacionado observa con recelo a una pareja de muchachos enamorados y la dama que atiende la tienda cierra la cortina. Y ahora el sol se esconde detrás de las dos montañas que se levantan ante mi vista, y el cielo ya no es rojo ni naranja. Ahora es púrpura. En él comienzan a dibujarse puntos de luz, entre los que destaca Venus resplandeciendo de entre todos.

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